Alfonso Sastre: teatro de protesta y compromiso
Alfonso Sastre (Madrid, 20 de febrero de 1926 – Hondarribia, Guipúzcoa, 15 de septiembre de 2021) fue una de las figuras más combativas, polémicas e influyentes del teatro español de la segunda mitad del siglo XX. Dramaturgo, ensayista, teórico teatral y activista político, Sastre dedicó su vida a la defensa de un teatro comprometido con la transformación social, y pagó por ello un precio altísimo: censura, marginación, cárcel y un ostracismo que solo en sus últimos años comenzó a repararse.
Nacido en Madrid en el seno de una familia de clase media, Sastre mostró desde muy joven una vocación literaria y una conciencia política que se desarrollaron en paralelo. En 1945, aún estudiante universitario, fundó con Alfonso Paso el grupo Arte Nuevo, que aspiraba a renovar el anquilosado teatro español de posguerra. En 1950, junto a José María de Quinto, publicó el Manifiesto del Teatro de Agitación Social (TAS), una declaración programática que reclamaba un teatro al servicio de la realidad social, alejado tanto del entretenimiento burgués como del experimentalismo desconectado del pueblo. Este manifiesto marcó toda su trayectoria.
Escuadra hacia la muerte, estrenada en el Teatro María Guerrero de Madrid en 1953, fue su primer gran éxito y también su primer choque con la censura. La obra presenta a un grupo de soldados en una misión suicida durante una guerra futura. Confinados en una cabaña, los soldados conviven bajo el mando brutal del cabo Goban, al que finalmente asesinan. La libertad conquistada resulta, sin embargo, más aterradora que la opresión: sin la autoridad del cabo, los soldados se desintegran, y la obra termina en un clima de angustia existencial. Escuadra hacia la muerte fue prohibida tras tres representaciones por orden militar, pero su impacto fue enorme: demostró que era posible hacer un teatro valiente, incómodo y artísticamente serio en la España de Franco.
Otras obras fundamentales de Sastre incluyen La mordaza (1954), un drama rural sobre el silencio cómplice ante el crimen que podía leerse como una alegoría de la sociedad franquista; Guillermo Tell tiene los ojos tristes (1955), una reescritura del mito de Tell que cuestiona los límites de la obediencia; La cornada (1960), un drama taurino sobre la explotación del débil por el poderoso; y La taberna fantástica (1966, no estrenada hasta 1985), una pieza ambientada en los bajos fondos madrileños que combina realismo crudo y humor negro.
La relación de Sastre con la censura fue una batalla constante. Muchas de sus obras fueron prohibidas o mutiladas por los censores, y su nombre se convirtió en sinónimo de teatro incómodo para el régimen. Sastre respondió con una actividad teórica incesante: sus ensayos —Drama y sociedad (1956), Anatomía del realismo (1965), La revolución y la crítica de la cultura (1970)— articularon una defensa razonada y apasionada del teatro como instrumento de conocimiento y transformación social. Para Sastre, el teatro no podía ser neutral: o servía al poder o servía al pueblo, y no había término medio.
Su compromiso político fue igualmente radical. Vinculado al Partido Comunista primero y a movimientos de la izquierda abertzale después, Sastre fue detenido en varias ocasiones y sufrió un proceso judicial en los años noventa que, aunque no prosperó, reforzó su imagen de autor perseguido por el poder. Se instaló en el País Vasco, en Hondarribia, donde vivió con su esposa, la también dramaturga y ensayista Eva Forest, y desde donde mantuvo una actividad intelectual y creadora ininterrumpida.
El debate sobre el legado de Sastre sigue abierto. Para sus defensores, fue el dramaturgo más valiente y consecuente de la España contemporánea, un autor que sacrificó el éxito comercial en favor de la verdad. Para sus detractores, su dogmatismo ideológico lastró una obra que tenía un enorme potencial artístico. Lo que no admite discusión es su influencia: sin Sastre, el teatro español de posguerra no habría encontrado el camino del compromiso social que lo define, y generaciones de dramaturgos —desde José Martín Recuerda hasta Juan Mayorga— reconocen su magisterio.
