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Yerma: el grito de la mujer sin hijos

Yerma, de Federico García Lorca, estrenada el 29 de diciembre de 1934 en el Teatro Español de Madrid con Margarita Xirgu en el papel protagonista, es la segunda de las tres grandes tragedias del autor granadino y, posiblemente, la más desgarradora. Si Bodas de sangre es una tragedia del destino y La casa de Bernarda Alba una tragedia de la opresión, Yerma es una tragedia del deseo insatisfecho, del cuerpo que clama y la sociedad que silencia, de la maternidad como mandato y como cárcel.

La obra narra la historia de Yerma, una mujer casada con Juan, un pastor acomodado que no desea tener hijos. Yerma, cuyo nombre evoca la esterilidad —"yermo", "tierra sin fruto"—, vive obsesionada con la maternidad. No es que no pueda tener hijos por una imposibilidad biológica: es que su marido no la desea, no la busca, no la toca con la intención de engendrar. La frustración de Yerma crece acto tras acto mientras el mundo que la rodea —otras mujeres embarazadas, niños jugando, lavanderas que cantan— le recuerda constantemente lo que no tiene. Yerma busca consejo en la vieja pagana, que le sugiere tomar un amante; pero Yerma rechaza la infidelidad porque su código de honor se lo prohíbe. Está atrapada en un laberinto sin salida: desea ser madre, su marido no la hace madre, y su moral le impide buscar la maternidad fuera del matrimonio. La obra termina con un estallido de violencia: Yerma estrangula a Juan y, al hacerlo, comprende que ha matado definitivamente a su hijo, a la posibilidad misma de la maternidad. Su grito final —"¡Yo misma he matado a mi hijo!"— es uno de los momentos más estremecedores del teatro español.

Los temas de la obra son múltiples y se entrelazan con una densidad extraordinaria. La fertilidad, en primer lugar: Lorca construye un universo en el que la naturaleza entera es fecunda —el agua, la tierra, los animales, las otras mujeres— y Yerma es la única excepción, la anomalía, la sequía en medio de la abundancia. La libertad, en segundo lugar: Yerma no es libre para decidir sobre su propio cuerpo, su sexualidad ni su destino reproductivo. Está sometida a un triple yugo: el del marido que no la desea, el de la sociedad que la juzga, y el de su propia moral interiorizada que le impide transgredir las normas. La sociedad, en tercer lugar: las lavanderas, las vecinas, las viejas del pueblo funcionan como un coro que vigila, comenta y condena, reproduciendo los mecanismos de control social que Lorca exploraría con mayor virulencia en La casa de Bernarda Alba.

Las lecturas feministas de Yerma han sido abundantes y fructíferas. La obra puede leerse como una denuncia de la reducción de la mujer a su función reproductiva: Yerma no tiene identidad fuera de la maternidad, y cuando esa posibilidad se cierra, no le queda nada. Pero también puede leerse como una reivindicación del deseo femenino: Yerma quiere, desea, anhela con una intensidad que el mundo patriarcal no puede comprender ni tolerar. Su tragedia no es no tener hijos: su tragedia es vivir en una sociedad que solo le permite existir como madre.

La historia escénica de Yerma es riquísima. Desde el estreno de 1934, que fue un acontecimiento político además de artístico —la derecha interrumpió las representaciones con escándalos organizados—, la obra ha sido montada por los más grandes directores. Víctor García, en 1971, con Nuria Espert, creó un montaje legendario en el que el escenario era una enorme lona elástica que los actores pisaban como un vientre. Más recientemente, el director australiano Simon Stone presentó una versión contemporánea en el Young Vic de Londres, trasladando la acción a una pareja actual que recurre a la fecundación in vitro. En España, la obra se representa regularmente en los principales teatros, y cada nueva puesta en escena revela capas nuevas de significado en un texto que no se agota.

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